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JAILAIFE

Más de una vez al día me pregunto en qué pensabas.

Si dormías o que mirabas.


¿Cual fue el último instante en el que dejaste ver la Tierra o más preciso aún, ¿cuando fue el instante en el que empezaste a ver el cielo?


Me pregunto si habrás sentido paz, miedo, amor o calma.

Me pregunto egoístamente si me habrás pensado.

Si en ese último suspiro con conciencia, te acordaste de mi.

Si viste pasar la película de toda tu vida apenas cerraste los ojos.

Si estás acá conmigo.

Si estás allá con ellos.

Si todavía habitas un limbo.

Si ya llegaste al Paraiso.


El mundo sigue girando.

La vida de todos y todas siguió su curso.

El planeta no se detuvo.

El tiempo tampoco.

Ni yo misma lo hice.

Pero llega la noche y cuando cierro los ojos, te puedo ver allí.

En escenas ya vividas. Ordinarias y para muchos seguramente insignificantes.

Me pregunto si esas serán las que nos quedaron a nosotros.


Tengo 8 años. Vamos camino a Lujan. Hacemos una parada técnica, antes de arrancar viaje, en la estación de servicio que solo queda a cuatro cuadras de tu casa. No se cómo, termino cayendo en una fosa de autos. No llego ni a liberar mi llanto, ni mi grito de dolor y ya te veo a vos y a la abuela bajando las escaleras con una cara de desesperación que no olvide jamás.



Tengo 14 años. Faltan meses para mi fiesta de 15. Vos y la abuela me regalan dos pedacitos de silicona que valen un dineral. Son mis ojos nuevos. Con esas mierditas, puedo ver bien sin necesidad de usar esos culos de botella que llevo portando hace casi una década.



Tengo más de veinte. Es 31 de Mayo. Hace frió afuera, pero en ese cuadrado que es la cocina, las hornallas están encendidas. Ya es más del mediodía, pero vos y la abuela siguen en bata y camisón. Saco una pasta frola y una vengala gibreada en azul. Veo los ojos de ellas, llenarse de lágrimas y morirse de amor en ese instante.

Me dice:

- “Ay, Paula!, mira cómo sos”.

Nunca la vi a ella ser tierna, agradecida, ni cariñosa. Quizás por eso recuerdo tanto ese día, ese momento y lo atesoro en mi corazón.

Mientras la miro a los ojos, allí donde no hace falta ni siquiera una sola palabra, puedo verte de reojo. Mirándome agradecido por no haber olvidado su cumpleaños. Por ese ratito. Esa torta y su canción.



La abuela ya no está. Es domingo y en Buenos Aires se está cayendo el mundo abajo.

No llueve. DILUVIA.

Te toco bocina. Tardas. Te empapas y con toda tu dificultad para caminar, me abrís lo más rápido que podes.

Trato de disimular, pero notas que algo pasa.

Te digo que nada.

Me siento en un sillón de la pieza y volves a preguntarme qué pasa.

Rompo en llanto.

Se que te incomoda verme así, pero te quedas y me preguntas:

“Paula, ¿qué pasa? “

Me fui de casa.

Me pelee con papá.

Una parte de vos elige no saber más.

La otra, me dice que tu casa, también es mía .

Que puedo quedarme el tiempo que quiera.

"Me quiero ir de Buenos Aires, abuelo. No quiero vivir mas acá. Me quiero ir al Sur"

Veo tu dolor, pero te lo guardas y me decís que me vas a apoyar en eso.

Desde ese entonces, en los años que siguen, voy a ir y venir un centenar de veces.

Te voy a contar de mis viajes, me vas a contar de los tuyos.

Cuando te digo que me voy a hacer mi primer viaje sola por España, hasta te tomas el atrevimiento de mandarme a seguir los pasos de una mujer en Cádiz.

Me prestas tu historia y por primera vez en la vida, me atrevo a mostrarle al mundo que escribo.


Escribo.


Escribo ahora para sentir que vos y yo estamos cerca.

Que mientras lo hago, puedo hablarte.

Que las palabras siguen formando parte lo que compartimos.


Infinidad de palabras que usaste para contarme todas tus historias.

Infinidad de historias de los días más difíciles y de los más felices de tu vida ( que obvio, siempre fueron peronistas).

Infinidad de días de una vida bien vivida, durante 90 años de existencia.

90 años, de los cuales 34, me enseñaste mucho más de lo que ambos creíamos.

Incluso mucho de lo que NO.


Me quedo con el último día que te vi.

Un martes frio y soleado.

Ya tu mirada estaba perdida y tu cuerpo cansado.

Te conté que al otro día me iba de viaje.

Repetiste Nueva Zelanda mas de una vez.

Quizás para no olvidarte.

Aunque ese día supe, que de muchas otras cosas ya habías elegido que eso pase.


Me quedo con el último día en el que vos y yo hablamos morándonos a los ojos.

Ese en el que te vi en ese lugar que ambos sabíamos no era para vos.

Vos no tenías porque estar ahí.

Junte todo el coraje que se requiere para decirle a alguien que no le dijiste nunca, lo mucho que lo amas. Que fue un gran abuelo.

Me agradeciste que no me haya olvidado de vos y por primera vez en toda mi existencia, te vi llorar.


Me quedo con lo más lindo que se puede heredar de un virginiano como vos.


La pasión por los viajes, la lectura y las historias bien narradas.

La convicción por lo que se cree, siente y piensa.

El no doblegarse nunca.

La resistencia a lo que NO.

Mantener la lucha siempre hasta el final.

Perseguir mis ideales.

A no rendirme, ni torcerme, sin importar lo que el mundo haga para que eso pase.


Ojalá en eso te hayas podido ir en paz.

Yo se que vos luchaste hasta el final.

Yo te prometo hacer lo mismo.

Aún cuando no llegue a los 90 años.

Prometo no olvidarme nunca, de lo importante.

Con un mate de leche de por medio.

La marcha peronista de fondo y el olor de las rosas, que me llevan a ese jardín con vos ❣️ ♾️




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