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La Seño Susi

Fui a la sesión, creyendo que no tenía demasiado para contar.

El día anterior, la selección Argentina había ganado la copa del mundo.

El aire desde ese día, era alegre, emotivo, de fiesta.

En un Universo de millones de probabilidades, no había chance alguna de que yo saliera de ese consultorio, llorando como una nena de 6 años.


Los mismos 6 años que tenía cuando sentí que ya podía considerarme grande, porque yo ya sabía LEER y ESCRIBIR.


La psicóloga me pregunta quien recuerdo era más exigente en casa.

Si mamá o papá.


Obvio que mamá.

Mamá era la que no nos dejaba que desordenáramos la casa.

La que necesitaba que esté siempre todo limpio.

La que por algún motivo, necesitaba vernos haciendo algo, porque no hacer un carajo y tirarse panza para arriba viendo el techo, eso jamás fue opción.

La que miraba los cuadernos.

La que exigía buenas notas.


La misma, que cuando vio que ya estaba en primer grado y había escrito la palabra “VACA” , cómo el orto, porque la seño Andrea nos había dicho que nosotrxs teníamos que escribirla con la conjugación de letras que consideráramos se denominaba al bovino y abrió el cuaderno.

Abrió grande los ojos y me dijo… “esto ya no puede ser”, mañana vamos a empezar a estudiar.

No bastaba con las 8 horas que ya había estado estudiando en el colegio;

(8 hs que hoy de grande, me doy cuenta equivalen a exactamente lo mismo que a la jornada laboral de una persona adulta)

Llegaba a casa y después de merendar, mamá se sentaba al lado mío, con el mismo cuaderno verde espiralado que usábamos en la escuela.

Un cuaderno nuevo que ella me había comprado.

Nos sentábamos las dos en la punta de esa mesa inmensa del comedor, de espaldas a la ventana y empezamos a conjugar una a una cada una de las letras del abecedario.


No puedo recordar del todo que sentía en ese momento.

Seguramente una terrible paja, de tener que estudiar.

Pero a la vez recuerdo que ella no lo hacía pesado.

Que tenía paciencia.

Que lo hacía tipo juego.

Practicábamos y no se si yo era muy buena alumna o ella una increíble maestra, pero lo cierto es que no siento que haya sido un garrón para ninguna de las dos, tener que estar haciendo eso, aún cuando a ella le quitará tiempo para sus cosas de adulta y a mi para mis cosas de niña.


Fueron varios días y luego semanas.

La misma hora.

El mismo lugar de la mesa.

El mismo cuaderno.

La misma modalidad de conjugar, pronunciar, deletrear, leer y escribir.


Hasta que un día APRENDÍ.

Un día se que supe, que yo ya sabía LEER y ESCRIBIR.

No puedo acordarme la fecha.

Seguramente ella tampoco la anoto.

Pero recuerdo que no pasó mucho tiempo, hasta que fui y le mostré a la seño Andrea, que ya sabía escribir la palabra VACA.

Y que ahora la escribía bien.


Me llevo muchos años, poder ver en esa exigencia de mamá, el AMOR que había en el fondo de todo eso.

Y hoy.

Ya con 34.

Con este libro en frente, que hace años estoy escribiendo, y no me animo a publicar.

Que lo leo.

Que lo editó.

Que sigo borrando.

Que sigo escribiendo.

Siempre sobre el mismo lugar de la mesa, desde el día en que lo empecé, pienso en mamá, y en el increíble tesoro que me dejo, sin que yo me diera cuenta de ello.

Incluso sin que ella siquiera lo perciba.

Porque más allá de la exigencia.

Porque más allá de las notas del colegio.

Mas allá de los boletines, cartulinas y pizarrones, no fue ninguna seño, fue MAMÁ, la que me enseñó a LEER y a ESCRIBIR.

Fue mamá, entre lápices, cuadernos y gomas de borrar.

Fue mamá con su TIEMPO, PACIENCIA y sobre todo AMOR, la que me estaba dando en vida la mayor riqueza que yo, Paula, siento pude haber heredado.

LEER y ESCRIBIR, como los dos más grandes tesoros de mi vida.

Los mismos que me ayudan a sanar.

A no enloquecer.

A ordenarme.

A detenerme y a seguir.


LEER y ESCRIBIR, los dos actos más mágicos del mundo, que sin lugar a dudas, se los debo a la Seño Susi.

Se los debo a MAMÁ.











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