Si pasas por Cádiz...

Actualizado: 30 jun 2021

- Abu, vengo a decirte algo que quizás te asuste un poco, pero que me llena de felicidad.

Transformación en la cara y en los ojos de mi abuelo, de 84 años, -¿Qué pasó?

- Me voy a España en 20 días. Sola.

- ¿Vos me estás hablando en serio?

- Sí, claro.

Todavía no sabía si para él, era bueno o malo.

- Es una noticia excelente!!!

Para mi sorpresa, mi abuelo estaba más feliz que yo de mi primer viaje solo, de mochilero, y qué mejor destino que España!

Le conté, que a diferencia de muchos, me iba a tomar un mes y medio para recorrer lo que más pudiera de sólo ese país. No quería ningún tour, de esos que uno se la pasa recorriendo 10 países en 12 días. ¡No!

52 días y un único país: España.

Mi abuelo, con la edad que tenía podía ser muy cerrado para muchas cosas, pero jamás para viajar.

Navegar por trabajo, lo había llevado a conocer muchos más lugares de lo que alguna vez imaginó. Por eso para él viajar, era crecer.

Esa tarde, entre mates y bizcochitos, le mostré mi mapa de viaje. Cada nombre de cada ciudad resonaban para él como recuerdos de ayer; con los mismos olores y sabores de ese país de la península ibérica.

Ya casi finalizado nuestro encuentro, vino el pedido más insólito que escuché en mi vida.Mi abuelo nunca fue de pedirme nada. Como mucho, alguna que otra ayudita con la compu o con los celulares que tanto rechazaba tener. Por eso fue muy difícil para mí negarme, pero, ¿estaba a la altura de las circunstancias para responder a semejante requerimiento?

- Ya que mencionaste a Cádiz, como uno de los próximos destinos, ¿podrías localizar al amor de mi vida?

¡¡¿¿WTF??!!

Más allá de la edad que tengamos hay cosas para las que siempre vamos a ser pequeños e inocentes, y por mucho que veamos de este mundo, hay seres y parejas que siempre vamos a idealizarlas. Claramente mi abuelo no estaba hablando de mi abuela, la cual había fallecido hacía 2 años. Si bien yo ya estaba “grandecita”, no sé si estaba del todo preparada para escuchar tal historia.

“Allá por el año 63, un 20 de Octubre, desembarcamos en el puerto de Santa María, Cádiz, una tripulación de 60 personas. Como muchas otras ocasiones, en ese tipo de embarcaciones exportando productos de Argentina a España, creímos que a los tres días ya estaríamos arriba del mismo barco retornando al Rio de la Plata.

Luego de un mes de navegación, el barco fue llevado al astillero y claramente ocurrió lo que temíamos.

Más de una vez habrás escuchado que los argentinos “atamos todo con alambre” y por esos años, eso ya era así. Cuando desde España vieron el estado de las cañerías entre otras instalaciones, no nos permitieron retirar el barco hasta que no estuviera en condiciones.

Así fue como un trayecto que debía durar no más de dos meses, se prolongó a cuatro y lo que debía ser un viaje de trabajo, terminó siendo una de las aventuras más fuerte, intensa y hermosa de toda mi vida.

Ya se estaba adentrando el invierno, porque recuerdo que hacía mucho frío. Cada vez que íbamos a desayunar, dos compañeros y yo, pedíamos además de nuestro café con leche (que aún no entiendo por qué traían todo por separado), un poquito de cognac para calentarnos.

Por dos o tres noches, luego de arribar a la provincia española, dormimos en el barco; pero una vez que el astillero nos dijo que no zarparíamos en los próximos días, desde la empresa tuvieron que pagar hoteles para todos los empleados.

Las semanas comenzaban a transcurrir y, según la antigüedad, comenzaban a enviar pasajes de retorno. De Cádiz a Sevilla en micro, luego un tren hasta Madrid, para finalmente desde allí el retorno en avión a Buenos Aires. Yo era uno de los nuevitos, pero lo cierto es que no me molestaba para nada quedarme por ahí. Tu abuela ni siquiera había aparecido en mi vida todavía y dinero en el bolsillo no nos faltaba, ya que desde la empresa todas las semanas, recibíamos una especie de “viatico” que ayudaba a sustentarse en el mientras tanto estuviéramos por allí.

Una noche, un amigo y yo entramos a “El Delfín Verde”, un barcito en pleno centro de la ciudad. Fue ahí cuando la vi. Atendiendo la barra, con su cabello corto y enrulado, ojos bien oscuros y la sonrisa más linda de todas. Se llamaba María de los Dolores, “Loli”, para los amigos.

Su acento andaluz fue lo que más me enamoró de ella. No me importó nada y mientras la veía trabajando, sonriendo a cada idiota que se le acercaba, decidí pedirle su teléfono. Me dijo que estaba trabajando, que cómo me atrevía. No iba a rendirme tan fácil, por lo que una vez pagada la cuenta, dejé mi nombre y apellido y el nombre del hotel en el que estaba alojado, escrito en la primera hoja del libro “Rayuela”, de Julio Cortázar en la mesa del bar.

A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, el recepcionista del hotel me dijo que tenía un “recado”.

Una señorita, que no dejó nombre, se había comunicado esa mañana para informar de un libro encontrado en un bar anoche. El libro tenía mi nombre y me esperaría a las 11 am, en la plaza San Juan de Dios.

Creo que estaba más hermosa que la noche anterior. Pasamos todo el día recorriendo la ciudad, aunque yo no pude ver nada, más que a ella. Por dos meses fue mi “novia”, aunque jamás le pusimos título. Me enamoré perdidamente, como nunca antes. Ya ni iba a ver el barco para ver en qué estado estaba y cada noche rezaba para que mi pasaje de vuelta no llegara jamás. Con un auto que un “amigo” había dejado en su casa luego de partir a Estados Unidos, nos fuimos a recorrer todo Andalucía. Sevilla, Málaga, Granada, Córdoba. Pasé las fiestas allí, con su familia. Pero en Febrero del año siguiente, llegó mi pasaje y ahí me enfrenté a una de las decisiones más difíciles de toda mi vida. Prometí volver a Cádiz.

Regresé a Buenos Aires; nos escribimos cartas durante unos cuantos meses ese año, pero luego apareció tu abuela y lo cierto es que ya Loli, sus cartas y España, empezaron a parecer cada vez más lejanas, hasta que finalmente todo aquello desapareció.

El resto de la historia, ya la sabes. Amé a tu abuela y va a seguir siendo mi mujer de aquí a la eternidad, pero sin que me malinterpretes, muchas veces me pregunté qué hubiera sido de mí si me hubiera quedado en España, o si hubiera vuelto a buscarla.

- Si pasas por Cádiz, podrías buscarla. Si es que la encontras, ¿podrías darle estas fotos y este libro de Julio Cortázar?

Me dio la dirección exacta. Para mi sorpresa, hasta recordaba el código postal, ya que la casa de esta tal “Loli”, no quedaba en el centro. Había que desviarse hasta un municipio llamado San Fernando. No pude negarme.

- Está bien abuelito, espero poder encontrarla. Espero poder llegar pronto a Cádiz.

Continuara...

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